Escrit per: Terr
2302 paraules
El horno pita y abro la puerta. Pincho las patatas y compruebo que están hechas. A las costillas todavía les queda un poco: las unto un poco más de salsa y las dejo terminarse con el calor residual. No hace falta que esté al tanto, la cena está casi lista.
Compruebo la hora: mi Dueño está a punto de llegar. Me quito el delantal y con eso me quedo desnudo. Siempre voy desnudo, excepto en la cocina, es una de Sus normas. Doy un paseo rápido por la casa. Aliso un poco las sábanas de la cama, coloco un par de cojines, compruebo que todo esté a punto. Mi deber es que Su casa esté perfecta y pocas cosas me dan más placer.
En la entrada, reviso mi aspecto. Yo también soy una de sus propiedades, así que tengo que estar perfecto. Estoy delgado y fibrado, fruto de una rutina de ejercicios que cumplo a rajatabla. En el culo tengo un plug de joya que me coloco todas las tardes después de la correspondiente limpieza. En la parte de delante, cuelgan un huevos hinchados y una polla dimunita, apenas un meñique en estado de reposo. Estoy totalmente depilado, ventajas de la láser. Aparento lo que soy: un muchacho de 22 años, inmaculado, puro.
Me coloco en la entrada a cuatro patas, con el culo en pompa y besando el suelo. Calculo que quedan unos 15 o 20 minutos para que Él llegue. No solo me gusta esperarle en el suelo, sino que es otra de Sus órdenes. La posibilidad de que llegue y no esté esperándole me aterra; no quiero decepcionarle. Esos minutos de silencio en el suelo me permiten reordenar mis pensamientos y calmarme.
Se escucha ruido afuera. De nuevo, vuelvo a estar nervioso. Está a punto de llegar. El sonido de la conversación se filtra en cuanto Él abre la puerta. Solo escucho la última parte:
—...un hombre como tú merece a una buena mujer que le acompañe —dice una de las ancianas vecinas de enfrente, a la que reconozco por la voz.
—Gracias por su atención, Señora, pero tengo todo lo que necesito. Buenas noches —dice Ricardo, Él, mi Dueño.
Solo de escucharle ya estoy excitado y eso que ni siquiera lo he visto porque sigo con la cabeza apoyada en el suelo. Cierra la puerta y escucho dos pasos que se acercan a mí, señal de que es mi turno. Se para y entran en mi campo de visión sus zapatos. Beso con devoción cada uno de ellos y entonces sí, alzo la cabeza, le miro y digo:
—Buenos noches, Amo.
—Buenos noches, zorra.
Un estremecimiento de placer me recorre siempre que me llama así. Tengo poco tiempo, pero aún así me permito recorrerle con la mirada. Tiene 50 años, más que el doble que yo. Barba perfectamente cuidada, una cara tosca, dura, pero en la que se aprecian unas mejillas suaves y en la que de vez en cuando asoma una sonrisa burlona. Me saca veinte centímetros y unos cincuenta kilos. El traje lo cubre con creces, pero le sienta bien. Debajo sé que hay unas piernas fuertes, una barriga pro...