Escrito por: Bahiensex
647 palabras
Lucas había esperado todo el día para este momento. La tensión había sido palpable desde la mañana, cuando su pareja, Andrés, le había recordado su lugar. Con un susurro al oído, justo antes de salir a correr, Andrés había dicho: “Recuerda, hoy serás mío de una manera muy especial”.
La tarde avanzaba lenta, cada minuto más pesado que el anterior. Lucas sentía la jaula de castidad apretando contra su piel, un recordatorio constante de su sumisión. Cada vez que se movía, el metal le recordaba que su placer ya no era suyo. Había entregado ese control a Andrés, quien sabía perfectamente cómo jugar con sus deseos y frustraciones.
Andrés volvió del gimnasio, sudoroso y con una sonrisa de satisfacción. Sus músculos brillaban bajo la luz de la cocina, y Lucas no pudo evitar sentir una punzada de deseo y frustración. Sabía lo que venía y, aunque la espera era exasperante, el anhelo sólo hacía que el momento se sintiera más intenso.
“Ven aquí”, ordenó Andrés, su voz firme pero cargada de una dulzura dominante que hacía que el corazón de Lucas latiera con fuerza. Lucas obedeció, arrodillándose ante su pareja, sus ojos fijos en la prominente erección que destacaba bajo la tela mojada de los shorts de Andrés.
Sin previo aviso, Andrés bajó sus shorts, dejando libre su pene grande y duro. Lucas, sintiendo un torrente de sumisión y deseo, comenzó a lamer la sal de la piel de su amante, disfrutando del sabor agrio del sudor mezclado con el aroma penetrante del ejercicio. Cada caricia de su lengua era una ofrenda, una demostración de devoción y entrega.
“Eso es, buen chico”, murmuró Andrés, acariciando el cabello de Lucas. “Hoy vas a recibir más de lo que esperas”. Las palabras eran a la vez una promesa y una orden, y Lucas sintió una oleada de anticipación recorriendo su cuerpo.
Andrés lo levantó con suavidad y lo llevó hasta la cama, donde lo posicionó a cuatro patas. El sudor de su piel se mezclaba con el aire fresco de la habitación, creando una atmósfera cargada de expectativa. Lucas sabía que no podía tocarse, no sin el permiso de Andrés, y esa privación sólo hacía que su deseo se intensificara.
Andrés se posicionó detrás de él, su erección rozando la entrada de Lucas. “Hoy, te llenaré completamente”, susurró, antes de penetrarlo con un empuje firme. Lucas gimió, sintiendo la mezcla de dolor y placer recorrer su cuerpo. Cada embestida era una afirmación de su lugar, una reafirmación de su rol como sumiso.
“¿Te gusta esto?”, preguntó Andrés, su voz cargada de autoridad. “¿Te gusta sentirte lleno de mí?”
“Sí, amo”, jadeó Lucas, sintiendo cada palabra vibrar en su interior. La jaula de castidad impedía cualquier liberación, pero eso sólo hacía que cada movimiento de Andrés se sintiera más intenso, más real.
Con cada embestida, Lucas sent...