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Lo que voy a contar es real y sucedió cuando tenía 18 años (ahora tengo 29).
Me llamo Luis. Recién me mudé a Madrid y, entre tantos trabajos que duraron poco, me contrataron en una hamburguesería por Malasaña como cocinero, aunque también hacía de camarero.
Era el más joven. Luego estaban los importantes… Cristian, de 23 años (madrileño, camarero); Pedro, de unos 27 (colombiano, cocinero); Celio, de 33 (venezolano, jefe de cocina); y Tao, de unos 35 (chino, nuestro jefe).
Después de 6 meses trabajando ahí, esos compañeros siempre estaban; el resto solía variar… Eso hizo que cogiéramos todos bastante confianza, especialmente yo con ellos.
Claramente, yo era gay y no lo ocultaba, a lo cual ellos, al ser los típicos heterosexuales básicos, pues bromeaban mucho con ello, nunca de manera ofensiva.
Al principio, era algo más suave, con preguntas curiosas como "¿Y te gustan grandes o pequeñas?" y se reían, o bromas como "Uy, qué culazo tienes, Luis, parece de tía, eh".
Luego, algunos como Celio empezaban a saludarme dándome una nalgada o pasaba y me apretaba las nalgas. Todo desde la broma y la confianza, cosa que no me molestaba.
Centrémonos en Celio: un tío alto, 1.85 m, mulato, rapado y lleno de tatuajes, todo un maleante, jajaja. Un puerco fofisano, un tío que hace mucho deporte pero no se alimenta muy bien. Me encantaba su cuerpo, robusto y varonil, y velludo… un tío de 10.
Resulta que Celio se acaba de mudar. Se pidió vacaciones y, cuando volvió de la mudanza, le pregunté dónde se había mudado y demás…
Me comentó que ahora vivía en Simancas, a lo cual le dije que qué bien, que yo vivía "cerca", en Pueblo Nuevo. Mirando zonas, me comentó que, si quería, me llevaba en coche, que a él no le importaba alcanzarme, ya que le pillaba de paso.
Estuve unas semanas volviendo en metro hasta que, un día, al salir del trabajo, hablando y hablando, me comentó de alcanzarme, que no me diera vergüenza… Desde ese día, Celio me alcanzaba todos los días posibles, aumentando nuestra confianza. Éramos súper amigos.
Después de un mes, más o menos, las conversaciones en el coche eran más picantes, sobre mis preferencias, mis experiencias, las suyas con chicas… Hasta que empezamos a hablar de que su mujer no le satisface, que nunca quiere tener sexo, siempre huye y que tiene que pajearse. Llevaba así más de un año.
Esa conversación se repetía más a menudo hasta que, un día, de broma, le dije que, si seguía así la cosa, que me usara a mi para satisfacerse. Recuerdo su risa, entre nerviosa y dudosa.
Un día concreto, nos quedamos un poco más en el restaurante, bebiendo un poco con los compañeros antes de cerrar. Algunos soltaban comentarios como "Cuidado, Celio, ahora al volver a casa, que Luis (yo) se te lanza al cuello o a otra cosa jajaja".
Lui...