Escrit per: amomadrid8
3972 paraules
—Está usted libre de toda sospecha. Contamos con usted, como máxima autoridad, para llevar a Yusuf ante la justicia y aplicarle el castigo que corresponda.
Kamar se había presentado de improviso en la alcoba de Jorge. Había llamado a la puerta para darle la oportunidad de arreglarse si lo deseaba, pero este, que esperaba poco menos que la visita de un verdugo, ya estaba preparado. Se había enfundado en la túnica de ceremonia más lujosa que poseía; sus cuatro esclavos le habían ayudado a bañarse, peinarse, perfumarse y vestirse. El sello de la hacienda brillaba en su mano y su casquete semiesférico, blanco y brocado en oro, le confería un porte regio. “Si he de morir, que sea con dignidad y elegancia”, había pensado. Todo resultaba un poco melodramático, pero en aquel momento, la ocasión lo justificaba.
—¿Cómo dice, Kamar? —preguntó atónito, su voz cargada de incredulidad.
—Le pido disculpas por el trato infamante que se le haya podido dar —prosiguió Kamar con una solemnidad poco habitual en él—. Desde este mismo momento, recupera la total libertad de acción y movimientos. Y personalmente, le quedaré muy agradecido si colabora con nuestros esfuerzos para restablecer el orden y la justicia en el país. Todo lo que en algún momento podíamos haber sospechado de usted era totalmente infundado. El culpable es Yusuf, y soy consciente de que fui yo quien prácticamente se lo impuso como empleado de confianza. Por ello, le pido mis más sinceras disculpas.
Se produjo un silencio denso, casi absoluto. Jorge permanecía inmóvil, sus pensamientos atrapados en un torbellino de confusión. Había pasado de la condena inminente a una inesperada absolución. Solo el leve susurro de Álex rompía la quietud, traduciendo la conversación a los otros tres esclavos. Estos apenas podían contener la alegría, pero se mantenían en su sitio, conscientes de que aquel instante requería prudencia. Aun así, en sus ojos brillaba la certeza de que su destino, como el de su amo, acababa de cambiar para siempre.
—Entiendo que hablo contra mis propios intereses, pero con sinceridad no creo que Yusuf sea un traidor. Y olvida usted que fue quien capturó precisamente al jefe del comando invasor.
Kamar suspiró, casi con indulgencia.
—Sus palabras le honran, Jorge —admitió—. Pero Yusuf no capturó al teniente: lo mató, que no es lo mismo.
—Más a su favor, ¿no?
—No, no es tan simple el asunto. No tenemos todas las respuestas, pero sí la convicción absoluta de su culpabilidad.
En ese momento, un soldado se acercó a Kamar con pasos apresurados y le entregó una pequeña nota. Kamar la leyó en silencio, y cuando levantó la vista, una sombra de certeza endurecía su expresión.
—¿Ve, Jorge? Yusuf se ha escapado, ya no está aquí. Sin duda lo ha hecho en cuanto ha sabido que usted había sido exonerado de toda culpa. Pero lo capturaremos, no tiene huida posible. ...