Escrit per: BrunoGomez
2337 paraules
Me encanta la luz del atardecer en la playa. Me encanta leer tumbado en la arena mientras noto el calor de los rayos acariciar mi cuerpo con una intensidad ahora ya soportable. Echo una calada al canuto, intercalo una mirada al horizonte y me enfrasco en la lectura. Nadie me mira, ni me juzga. Bueno, alguno que otro sí me ha mirado el culo mientras entraba al agua para pegarme un baño. Es lo que tiene ponerse en tanga en la playa, algo que me gusta pero que en mi zona no puedo hacer. Es muy cantoso. Pero en esta playa del sur nadie me conoce, así que he traído mi bonita colección para ponerme uno cada día. Hoy ha tocado el gris y negro de lycra.
Es una calita muy bonita, apartada y discreta. Eso me dijo el guía de Hostel Experience, la agencia del hotel que me recomendó un colega. Así que aquí estoy, disfrutando de estos días que me estoy tomando para mí solo, desconectar y sentirme libre.
- Buenos tardes.
Una voz fuerte y sólida me saca de la lectura. Me aparto las ganas de sol para descubrir, tras las hojas del libro, a dos tipos de uniforme que me miran con gesto serio.
- Guardia costera. Está prohibido consumir estupefacientes en toda la playa.
- El guía me dijo que aquí se podía.
- ¿Qué guía? ¿Déjame adivinar? ¿El de Hostel Experience?
- Sí, ese-, respondo antes de tragar saliva.
Los dos se miran entre sonrisas.
- Ese no se entera de nada. Este año hemos ampliado la zona de prohibición de consumo, que ahora abarca también esta zona.
- Vaya, lo siento-, respondo mientras hago el ademán apagar el canuto en la arena y meterlo en el vaso de plástico que uso de cenicero. Pero el madero me lo quita con la mano.
- ¡De rodillas y con las manos en la nuca! -me ordena el otro.
Así me tienen un buen rato mientras registran mi mochila hasta que encuentren la bolsita de marihuana que me traigo cada día a la playa.
- Vaya, vaya. Sorpresa- me dice el uno. Huele el contenido y suelta un MMMMM, huele que alimenta.
- ¡Manos a la espalda!- me ordena el otro.
- ¿Pero me vais a detener por eso? ¡Si no son ni cinco gramos!
- Tenemos que llevarte a la oficina para tomarte declaración e interponerte la sanción. Son las normas-, me dice el primero al tiempo que agarra mi mochila y mete mi libro, mi toalla y el resto de mis cosas en ella, mientras el otro me esposa las manos a la espalda.
Empiezo a sospechar que uno hace de poli bueno y el otro de malo. No tardo en confirmarlo.
- Si eres tan amable de acompañarnos… -, me dice uno.
- Andando, zorrita-, me dice el otro.
Me pone de pie cogiéndome por el codo y me lleva por medio de la playa, agarrado por la cadena de mis esposas con una mano y por el hombro con la otra.
Clavo la vista en la arena mientras camino. No queda mucha gente en la playa, y además llevo gorra y gafas de sol, pero aun así me...