Escrit per: jpavonch
1328 paraules
Era una tarde tranquila en el parque, el sol comenzaba a ponerse y el aire fresco me rozaba la piel mientras estaba sentado en una banca, mirando el lago. De repente, escuché el sonido rítmico de unas ruedas sobre el pavimento. Giré la cabeza y lo vi: un skater deslizándose con una gracia casi hipnótica. Su cabello despeinado caía sobre sus ojos oscuros, y llevaba una camiseta gastada que dejaba ver sus brazos tatuados. Frenó con un giro perfecto justo frente a mí, y una sonrisa traviesa se dibujó en su rostro.
"¿Qué haces aquí tan solo?" preguntó, apoyando un pie en su tabla para mantenerla quieta. Su voz tenía un tono juguetón, pero había algo magnético en ella, algo que me hizo responder sin pensar.
"Solo... viendo el atardecer," dije, un poco nervioso por cómo me miraba, como si ya supiera algo de mí que yo mismo ignoraba.
Se acercó más, inclinándose ligeramente hacia mí. "Soy Leo. Y tú pareces alguien que necesita un poco de adrenalina en su vida." Sus palabras eran suaves, pero cargadas de intención. No sé cómo, pero en ese momento sentí que el parque entero se desvanecía, y solo estábamos él y yo.
Pasaron los minutos, o quizás horas, mientras charlábamos. Me habló de sus trucos, de la libertad que sentía al patinar, y poco a poco empezó a tejer una red de palabras que me envolvía. "Ven conmigo," dijo al fin, extendiendo una mano. "Te voy a mostrar algo que no olvidarás."
Lo seguí, casi como en un trance, hasta un rincón apartado del parque donde el sonido de la ciudad se apagaba. Allí, bajo la luz tenue de una farola, se giró hacia mí. "Tú y yo podríamos tener algo especial," susurró, su aliento cálido cerca de mi oído. "Solo tienes que dejar que yo esté a cargo. Todo lo que tienes que hacer es obedecer."
Su mirada era intensa, y aunque una parte de mí quería correr, otra parte —más profunda, más curiosa— se rindió. "Sí," murmuré, y él sonrió, sabiendo que ya me tenía.
Entonces, sin romper el contacto visual, deslizó una mano por mi nuca, guiándome con firmeza pero sin prisa hacia el suelo. "Arrodíllate," ordenó en voz baja, y obedecí, sintiendo el pulso acelerado en mi pecho. Se desabrochó los jeans con calma, dejando que su erección quedara libre frente a mí. Era imposible no mirarla: gruesa, pulsante, con una gota brillante en la punta que delataba su excitación. "Abre la boca," dijo, y su tono era una mezcla de autoridad y deseo que me hizo temblar.
Lo hice, y él guió mi cabeza hacia adelante, deslizando su polla entre mis labios. El sabor salado y cálido me llenó, y comencé a moverme, primero con timidez, luego con más ritmo mientras sus manos se enredaban en mi cabello, marcando el paso. "Así, justo así," gruñó, su voz ronca mientras empujaba más profundo, rozando el fondo de mi garganta. Podía sentir cada vena, cada latido, y el sonido de su respiración entrecortada me empujaba a seguir.
Sus gemidos se vo...