Escrit per: 42Daniel
No pensaba que mis actividades solidarias me llevarían a la situación actual. Con la llegada de inmigrantes magrebies a mi ciudad, me había ofrecido a una ONG local parta dar clases de español a los que llegaban con la distribución a lugares alejados de la costa. Al cabo de unos meses en los que había conseguido entablar relaciones de amistad con los jévenes de mi edad, conocí a Abdel, que era mun poco mayor, rondando los 40.
Naturalmente, con la edad, a Abdel le costaba más seguir el ritmo de los más jóvenes. Así que sus preguntas eran conscientes y mi atención llegó a ser prioritaria. Así, cuando nos cruzábamos por la calle, llegó a ser habitual que la conversación se prolongara y que yo le invitara a algún café o té, en una terraza.
Un día, lo encontré charlando con un grupo de sus compañeros, y noté ciertas actitudes de burla y de chanza hacia mi.
Al terminar la clase del día siguiente, Abdel se me acercó y me pidió, de alguna manera, disculpas. Cuando intenté aclararlo, me dijo que ellos venían de una cultura muy machista y que yo, que era educado y amable, “podía ser gay”. Me sonrojé. No sabía cómo reaccionar. “Hoy te invito yo a un te”, me dijo, amigable. Con el te delante, me explicó que, en su cultura, no eran raras las relaciones sexuales con jovencitos sin que eso supusiese una tendencia homosexual. Podía darse porque la convivencia con mujeres era más complicada o simplemente fruto de un calentón.
Mi pensamiento tenía mil argumentos para lo que me decía, claro, pero todos se correspondían a mi realidad, no a la suya. Y, la verdad, la conversación me estaba excitando.
Lo políticamente correcto hubiera sido acabar aquello con un “Tranquilo, no te preocupes, yo no tengo ningún problema con eso”. Pero añadí: “Yo sí soy gay, y ya estoy acostumbrado a ciertas reacciones”. Así terminó la conversación ese día.
Pasaron unas semanas y todo parecía “olvidado”, pero Abdel volvió a buscar la conversación personal y, dando rodeos, me dijo que no quería que yo tomase a mal todo lo que me había contado. Ninguno de los dos hablaba de forma clara pero pensé que no podía desaprovechar lo que parecía una oportunidad, y le invité a una cena en mi casa cuando él dispusiera. Se le iluminó la cara, creo, y pusimos día y condiciones, que no incluían el rechazo al alcohol, por cierto.
Era una primavera calurosa y yo iba con poco ropa, bermudas y camiseta de tirantes y él también lucía una camisa abierta que dejaba entrever un pecho peludo y potente, muy masculino.
Cenamos, bebimos, comentamos anécdotas sobre las clases de español y los compañeros. Ya, con la copa de whisky en la mano, en el sofá, me atreví a preguntarle si él había “jugado” alguna vez con un jovencito en su país. El alcohol ingerido hizo que la respuesta también fuera directa, afirmándo.
Di el...