Escrito por: menosuno
704 palabras
Hoy es sábado. Estoy nervioso y excitado, he quedado con mi novio. En realidad no es un novio. No sé como debería llamarle: ¿Jefe, Señor, Macho, Amo…?. Solo sé que dispone de mi cuando quiere y que eso me hace feliz. Estoy a su servicio siempre que necesita una puta sumisa para sentirse acompañado, relajarse, jugar un poco conmigo y descargar tensiones acumuladas. Sé que tiene otras putas, le gusta la variedad, solo me requiere cuando le falla alguna de sus favoritas, y eso ha debido de pasar hoy.
Debo aclarar que mis servicios abarcan mucho más que los propios del sexo rápido. Soy más una especie de geisha que una puta tradicional. A veces no hay sexo, simplemente tengo que acompañarle a ver alguna exposición, al cine o al teatro, a comer o a cenar en algún restaurante. Él decide siempre a donde vamos, lo que hacemos y lo que comemos y bebemos, pero yo puedo opinar, darle conversación, contarle historias y escuchar las suyas. Eso si: Su criterio prevalece siempre y si no estoy de acuerdo en alguna cosa, me callo y acato su voluntad.
Esta tarde hemos quedado pronto para ir al cine en uno de los complejos multisalas del centro. Veremos una película de terror que él ha escogido. Espero en la puerta, siempre llego un poco antes de la cita por si acaso. Voy vestido como me ha ordenado, vaqueros, camiseta y sudadera, con un plumas negro que me abriga y oculta la erección provocada por ir sin ropa interior, bien afeitado el rostro, torso y pubis.
Le veo llegar: Alto y corpulento, pelo oscuro y piel cetrina. Ropa cara pero informal, pulseritas de cuero hippies en las muñecas, zapatillas deportivas a la moda. Me saluda con un fuerte apretón de manos, un poco más fuerte de lo que se considera normal. Es su manera de decirme: “Hola, he llegado, voy a ser tu dueño y señor”. Sonrío levemente, inclino la cabeza a la japonesa y bajo la mirada en señal de sumisión.
Entramos en el cine, él ha comprado las entradas, casi siempre me invita a todo aunque yo intento corresponder con algún extra. “El que paga, manda”, suele decir y así es. Nos sentamos en nuestras butacas, en un lateral y bastante lejos de la pantalla, y hablamos de trivialidades hasta que comienza el pase. Entonces se oscurece la sala y él pasa su brazo por detrás de mi espalda. Su mano acaricia mi nuca, mi mejilla, luego reposa sobre mi cuello y se desliza dentro de la camiseta hasta alcanzar mi pecho y mi pezón. Allí se detiene. Allí se va a quedar mientras dure la proyección, apretando o acariciando según la escena. A veces aprieta tanto que me retuerzo en la butaca para no gritar, aunque si gritara no llamaría mucho la atención, es una escena de mucho terror y otros espectadores también gritan. Aprovecha entonces para coger mi mano con la que tiene libre y la coloca sobre su paquete. Está empalmado. Me susurra al oído: “Sóbala un poco!”. Obedezco.
Termina la película y va saliendo el...