Escrito por: amomadrid8
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El sábado, último día de la semana ketirí, amaneció con un sol implacable sobre Tauride. Lakua y Kamar seguían alojados en la casa grande, disfrutando de la hospitalidad de Jorge. Se encontraban en los desayunos, las comidas y las cenas, donde conversaban con naturalidad sobre política, estrategia y anécdotas varias. Pero el resto del tiempo, cada uno se sumía en sus propios asuntos, inmersos en un delicado equilibrio entre la calma y la tensión latente.
Siguiendo órdenes directas de Jorge, las patrullas rastreaban sin descanso cada palmo de su hacienda, un vasto territorio de más de seiscientos kilómetros cuadrados. Era una extensión inmensa, un laberinto de colinas, matorrales y cauces secos donde un hombre podía desaparecer con facilidad. Cada dos horas, informes detallados llegaban a la casa grande, trazando el lento pero inexorable avance de la batida, que no se detenía ni con la caída del sol ni con el frío de la madrugada.
Los soldados de Tharakos, disciplinados y silenciosos, vestían uniformes de camuflaje diseñados para confundirse con la tierra polvorienta y la vegetación rala. Su equipamiento era el de una fuerza de élite: visores nocturnos, sensores térmicos, rifles de precisión… Todo había sido adaptado cuidadosamente para funcionar bajo la interferencia electromagnética que protegía Ketiris del mundo exterior.
Uno de aquellos hombres irrumpió en la casa grande con la urgencia de quien carga con un mensaje de vida o muerte. Preguntó con voz firme por el señor de la hacienda. Jorge, que en ese momento estaba con Eukario, ordenó que lo llevaran de inmediato ante él. Percibió al instante que aquel soldado traía algo más que un informe rutinario.
El encuentro tuvo lugar en uno de los salones interiores, un espacio fresco y amplio donde las columnas de mármol proyectaban sombras alargadas sobre el suelo de piedra pulida. El militar se cuadró con rigidez antes de hablar.
—Señor, traigo noticias.
Su respiración era rápida, el sudor le perlaba la frente a pesar de la temperatura controlada del recinto.
—¿De qué se trata? —preguntó Jorge, con la mirada fija en el rostro del hombre.
—Hemos encontrado a los infiltrados.
Jorge sintió un estremecimiento en la boca del estómago.
—¿Dónde?
El soldado tragó saliva.
—Dentro del recinto de la casa grande, señor.
El silencio que siguió fue insoportable. Jorge sintió cómo la seguridad de su hacienda se desmoronaba a su alrededor. Los intrusos no estaban escondidos en los barrancos ni en las colinas lejanas: habían estado allí, dentro de sus muros, respirando el mismo aire, acechando en la penumbra.
—¿Están vivos? ¿Los habéis interrogado? —preguntó, esforzándose por mantener la calma.
—Los capturamos con vida, pero se resistieron —informó el soldado con tono tenso—. Están bajo custodia en una dependencia cercana. El comandante está preparando el ...