Written by: amomadrid8
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Jorge, Eukario y Yusuf atravesaron el umbral de la casa grande, sintiendo el contraste inmediato entre el calor asfi-xiante del exterior y la frescura medida del interior. El día prometía ser inusualmente caluroso, y en ese momento del mediodía el sol abrasaba con su peso denso y opresivo. Miceros, siempre atento, se presentó con la eficiencia silenciosa que lo caracterizaba, inclinando la cabeza con respeto antes de retirarse a organizar los preparativos de la comida. Como era costumbre en la hacienda, cada detalle se supervisaba con el máximo cuidado, pero en la últimas ocasiones la meticulosidad era aún mayor: Lakua y Kamar, dos de los hacendados más influyentes del país, compartirían la mesa.
Eukario y Yusuf también estarían presentes en el almuerzo, un gesto que Jorge había mantenido en sus últimas recepciones, reconociendo con ello el papel fundamental que desempeñaban. Sin embargo, aún no era la hora de la comida, y Jorge no estaba dispuesto a dejar pasar más tiempo sin obtener respuestas. Mientras cruzaban el vestíbulo, hizo un leve gesto a Yusuf, indicándole que lo acompañara.
La estancia a la que se dirigieron era un salón interior, resguardado del calor, donde la luz se filtraba a través de celosías de madera oscura, dibujando patrones irregulares sobre los suelos de piedra pulida. Un incienso de sándalo ardía con discreción en un incensario dorado, impregnando el aire con un aroma denso y especiado.
Jorge se instaló en un amplio sillón de madera tallada con incrustaciones de nácar, una pieza exquisita en la que el lujo no estaba reñido con la comodidad. Tomó asiento con naturalidad, cruzando una pierna sobre la otra y apoyando el brazo sobre el reposabrazos. Su mirada se perdió unos instantes en el vaivén de las cortinas de lino, que se mecían con la brisa imperceptible que corría en la penumbra de la habitación.
Yusuf, sin esperar indicación, tomó asiento en un diván de tapicería marfil, frente al señor de Tharakos. No lo hizo con servilismo, sino con esa mezcla de respeto y confianza que lo distinguía, con la serenidad de quien sabe que su conocimiento es valioso. Había servido a Benassur con la misma eficacia, y ahora servía a Jorge, pero no como un simple ejecutor de órdenes, sino como alguien que comprendía las reglas del poder y sabía moverse dentro de ellas.
—Hablemos de lo que quedó pendiente, Yusuf —dijo Jorge, con la calma calculada de quien no tiene intención de repetir la pregunta.
Yusuf inclinó apenas la cabeza, un gesto de asentimiento que denotaba la disposición de quien está a punto de compartir un conocimiento reservado solo para unos pocos. Sus ojos oscuros, inteligentes, brillaron con una chispa de satisfacción contenida. Sacudió elegantemente su melena.
—Por supuesto, elí. Pregunta lo que desee saber.
—Cuéntame con precisión cómo se organiza nuestra sociedad de hombres libres; también el origen de los esclavos...