Escrito por: amomadrid8
6745 palabras
El invierno en Alfar era apenas un matiz, una variación imperceptible en la eterna mansedumbre de su clima. Situada en la frontera imaginaria entre África y Asia, la isla disfrutaba de una posición envidiable: equidistante de ambas costas, pero bendecida con vientos que, en lugar de incendiar la tierra con su aliento abrasador, la envolvían en una humedad fecunda, preservando la lozanía de sus paisajes. La naturaleza respondía con exuberancia a aquel equilibrio perfecto: selvas de un verde imposible, jardines en los que las flores competían en fragancia y color y aguas que resplandecían bajo el sol con una languidez de seda líquida.
Jorge estaba de un humor excelente. La mañana había comenzado con una ducha prolongada, más placentera que higiénica, en la que sus cuatro esclavos personales habían desplegado su pericia en el arte del servicio. Luego, aún envuelto en la pereza voluptuosa del agua perfumada, había desayunado con la opulencia de un príncipe, en obediencia —o tal vez en desafío irónico— a los tantos manuales modernos de nutrición que pretenden dictar la dieta ideal. Ahora, con la satisfacción de quien posee no solo el control de su día, sino también de las vidas que lo rodean, aguardaba la llegada de las recientes adquisiciones que había hecho la jornada anterior.
Los dos nuevos esclavos habían pasado la noche bastante ocupados, sometidos primero a la definitiva depilación por electrolisis y más tarde al anillado de los pezones; ambos lo soportaron todo admirablemente. A esa hora de la mañana ya los habrían aseado con esmero, perfumado discretamente y preparado el restrictor genital que Jorge había ordenado para ellos, aunque en el momento de la presentación había dispuesto que no lo llevaran para poderlos contemplar bien. Ahora debían estar esperando la señal para presentarse ante él, con la sumisión ensayada pero aún temblorosa de quienes desconocen si su primer encuentro con el amo será amable o severo.
Jorge cruzó una pierna sobre la otra y se recostó en el diván de madera oscura, disfrutando del juego de luces matinales que filtraban los visillos; se encontraba en la estancia contigua al dormitorio, que usaba generalmente como despacho. Se preguntó qué expresiones encontraría en sus rostros: miedo, gratitud, desconcierto… Todo dependía de su temple y del talante con el que hubieran aceptado su destino.
Con un leve gesto de la mano, indicó a su asistente que saliera y los hiciera pasar, sin plantearse siquiera la posibilidad de que algún retraso o inconveniente hubiera impedido la presencia de sus dos nuevos animales de compañía; quedó solo en compañía de Álex antes de que los nuevos esclavos entrasen.
Allí estaban. Y eran aún mejores de lo que los recordaba. Sin rastro de vello, sin sombra de barba, con la piel tersa y reluciente bajo la luz matinal. Y, por supuesto, absolutamente desnudos.
El más joven de los dos capturó su mirada primer...